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Wednesday, October 30, 2013

EXPLICACION CIENTIFICA DE LA TEORIA DEL ETERNO RETORNO DEL TIEMPO DEL FILOSOFO NIETZSCHE


El texto que pongo a continuación nos habla de abismos metarracionales, de la visión del hombre trascendente, del Hombre, un dios en sí mismo que no necesita enajenarse. Un texto poético, como siempre que la filosofía ha querido hablar de asuntos que parecen estar más allá de la razón. Este Mesías que Nietzsche intuye resuelve la tragedia de la vida y de la muerte, otorgando al cotidiano devenir lo que tradicionalmente se ha vinculado con lo divino: la eternidad. Con la idea del eterno retorno, lo que él llamaba su pensamiento abismal, Nietzsche preconiza el hombre nuevo, un hombre evolucionado, verdaderamente libre que ya no requiere el consuelo de religión alguna, que ya no supedita su vida a una supuesta realidad suprasensible, pero que tampoco la concibe como un camino hacia la nada. Desde ese momento, desde esa visión filosófica del instante eterno, cambiará radicalmente la posición ontológica del hombre: la trascendencia la tendremos aquí mismo, la llevaremos con nosotros y para siempre.
EDVARD MUNCH: Friedrich Nietzsche, 1906; Charcoal, pastel and tempera on paper; 200 x 130 cm; Munch Museum, Oslo

Friedrich Nietzsche,Así habló Zaratustra

"De la visión y del enigma"


1


Cuando se corrió entre los marineros la voz de que Zaratustra se encontraba en el barco - pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas afortunadas - prodújose una gran curiosidad y expectación. Mas Zaratustra estuvo callado durante dos días, frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a las miradas ni a las preguntas. Al atardecer del segundo día, sin embargo, aunque todavía guardaba silencio, volvió a abrir sus oídos: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y que quería ir más lejos aún. Zaratustra era amigo, en efecto, de todos aquellos que realizan largos viajes y no les gusta vivir sin peligro. Y he aquí que por fin, a fuerza de escuchar, su propia lengua se soltó y el hielo de su corazón se rompió: - entonces comenzó a hablar así:

A vosotros los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mares terribles,-

a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos: - pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo y que, allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir,-

a vosotros solos os cuento el enigma que he visto, - la visión del más solitario. –

Sombrío caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, sombrío y duro, con los labios apretados. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.

Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solitario, al que ya no alentaban ni hierbas ni matorrales: un sendero de montaña crujía bajo la obstinación de mi pie.

Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.

Hacia arriba: - a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espíritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.

Hacia arriba: - aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; paralítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído, pensamientos-gotas de plomo en mi cerebro.

“Oh Zaratustra, me susurraba burlonamente, silabeando las palabras, ¡tú piedra de sabiduría! Te has arrojado a ti mismo hacia arriba, mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!

¡Oh Zaratustra, tú piedra de la sabiduría, tú piedra de honda, tú destructor de estrellas! A ti mismo te has arrojado tan alto, - mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!

Condenado a ti mismo, y a tu propia lapidación: oh Zaratustra, sí, lejos has lanzado la piedra, - ¡más sobre ti caerá de nuevo!”

Calló aquí el enano; y esto duró largo tiempo. Mas su silencio me oprimía; ¡y cuando se está así entre dos, se está, en verdad, más solitario que cuando se está solo!

Yo subía, subía, soñaba, pensaba, - mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento le deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarle cuando acaba de dormirse.-

Pero hay algo en mí que yo llamo valor: hasta ahora éste ha matado en mí todo desaliento. Ese valor me hizo al fin detenerme y decir: “¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!” –

El valor es, en efecto, el mejor matador, - el valor que ataca: pues todo ataque se hace a tambor batiente.

Pero el hombre es el animal más valeroso: por ello ha vencido a todos los animales. A tambor batiente ha vencido incluso todos los dolores; pero el dolor por el hombre es el dolor más profundo.

El valor mata incluso el vértigo junto a los abismos: ¡y en qué lugar no estaría el hombre junto a abismos! ¿El simple mirar no es - mirar abismos?

El valor es el mejor matador: el valor mata incluso la compasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: cuanto el hombre hunde su mirada en la vida, otro tanto la hunde en el sufrimiento.

Pero el valor es el mejor matador, el valor que ataca: éste mata la muerte misma, pues dice: “¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!”

En estas palabras, sin embargo, hay mucho sonido de tambor batiente. Quien tenga oídos, oiga.

2


“¡Alto! ¡Enano!, dije. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de los dos: - ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ese - no podrías soportarlo!” –

Entonces ocurrió algo que me dejó más ligero: ¡pues el enano saltó de mi hombro, el curioso! Y se puso en cuchillas sobre una piedra delante de mí. Cabalmente allí donde nos habíamos detenido había un portón.

“¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta el final.

Esa larga calle, hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia delante - es otra eternidad.

Se contraponen esos caminos: chocan derechamente de cabeza: - y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: ‘Instante’.

Pero si alguien recorriese uno de ellos - cada vez y cada vez más lejos: ¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?” –

“Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo”.

“Tu espíritu de la pesadez, dije encolerizándome, ¡no tomes las cosas tan a la ligera! O te dejo de cuclillas ahí donde te encuentras, ¡cojitranco! - ¡y yo te he subido hasta aquí!

¡Mira continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad.

Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá ya que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas quepueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?

Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que - haber existido ya?

¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras si todas las cosas venideras? ¿Por tanto- - - incluso a sí mismo?

Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia delante - tiene que volver a correr una vez más! –

Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas - ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya? - y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia delante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle - ¿no tenemos que retornar eternamente?”-

Así dije, con voz cada vez más queda; pues tenía miedo de mis propios pensamientos y del trasfondo de ellos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca.

¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota infancia:

- entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi, con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas:

de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel momento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, -detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena: -

esto exasperó entonces al perro: pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.

¿A dónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me había despertado? De repente me encontré entre peñascos salvajes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.

¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Y allí! El perro saltando, con el pelo erizado, gimiendo - ahora él me veía venir - y entonces aulló de nuevo, gritó: - ¿había yo oído alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?

Y en verdad lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra.

¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la serpiente se deslizo en su garganta y se aferraba a ella mordiendo.

Mi mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: - ¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. Entonces se me escapó un grito: “¡Muerde! ¡Muerde!

¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!” - este fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi odio, mi nausea, mi lastima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito. –

¡Vosotros, hombres audaces que me rodeáis! ¡Vosotros, buscadores indagadores, y quienquiera de vosotros que se haya lanzado con velas astutas a mares inexplorados! ¡Vosotros, que gozáis con enigmas!

¡Resolvedme, pues, el gran enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!

Pues fue una visón y una previsión: - ¿qué vi yo entonces en símbolo? ¿Y quién es el que algún día tiene que venir aún?

¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pesadas, más negras, se le introducirán así en la garganta?

- Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: - y se puso de pie de un salto. -

Ya no pastor, ya no hombre, - ¡un transfigurado, iluminado, quereía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rió!

Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, - - y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.

Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, como soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora! -

Así habló Zaratustra.


Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra
Trad. Sánchez Pascual. Alianza Editorial
(las palabras destacadas son del texto)

Así pues, no sin gran osadía voy a atreverme a recoger el reto con el que acaba la narración y voy a aventurarme por las aguas enigmáticas de este texto. Como uno de esos “audaces buscadores e indagadores”, voy a intentar arrojar desde mi pequeña cala alguna luz que pueda señalar el rumbo a los lectores de este blog. Lectores que, presumo, sois de esos “que gozáis con enigmas”, como estos intrépidos navegantes a los que se dirige Zaratustra, y que sí os dejáis llevar sin temor por los cantos de las sirenas. Navegantes que no caminan con los pies en la tierra, sino que se deslizan por líquidas superficies de enigmas y adivinaciones, por laberintos tortuosos donde no existe siquiera un hilo tendido, una guía racional trazada, pues en su afán por conocer no temen adentrarse por territorios ignotos, más allá de la deducción lógica, más allá incluso de la razón. Aunque mis velas no son tan astutas como mi atrevimiento desearía, afortunadamente, no estoy sola frente al “gran enigma”, pues antes de mí muchos otros bastante más avezados que yo han ido desbrozándome el camino. Intentaré, pues, apuntar a continuación algunas de las ideas que este texto me ha ido despertando, reconociendo de antemano que, seguramente, todas o la mayor parte de ellas no serán originales, sino que las habré debido de ir recogiendo aquí y allá, sin poder afirmar con precisión en la mayor parte de los casos qué autor o qué lecturas me las han ido descubriendo.

Pero antes de nada un breve apunte: el sonido (la música entendida en un sentido amplio) aparece en todo este texto como un vehículo poderoso, no sólo capaz de tornar el ánimo, sino también la percepción de la realidad, incluso, casi diría, la realidad misma. En cada uno de los grados iniciáticos hacia la sabiduría en los que vamos a imaginar organizada la narración de Zaratustra podemos encontrar que el desencadenante siempre ha sido el sonido. Los iniciados, navegantes o lectores, son los que se dejan seducir por las metafóricas sonoridades de las flautas. El sonido de las palabras extrañas que oye en aquel barco tiene el poder de "abrir sus oídos" y de transformar el ánimo melancólico de Zaratustra, que estaba "sordo de tristeza", para empezar a hablar, para narrar su viaje iniciático por la montaña de la sabiduría. Más adelante, el redoble de los tambores (instrumento de percusión, dionisiaco, usado comúnmente en rituales religiosos para lograr el arrebato místico) sirve de metáfora del estruendo que en el alma causa la búsqueda del coraje necesario para vencer al miedo, el compañero más empecinado del hombre, coraje necesario para desprenderse del peso del pensamiento dominante y lanzarse al abismo de la búsqueda personal. Finalmente otro sonido, el desgarrador aullido de un perro en una silenciosa noche de luna llena, desencadena la visión propiamente dicha, el punto culminante de la narración de Zaratustra.
 PABLO GARAGALLO, EL Gran Profeta, 1933; escultura metálica de hierro; Museo Centro de Arte Reina Sofía, Madrid

Empecemos, pues. Como tantas veces en la filosofía, Nietzsche utiliza el mito y la metáfora para hablar de ideas difíciles de mostrar de otro modo. En un lenguaje simbólico de alto contenido poético describe la visión enigmática de Zaratustra, alter ego del filósofo, una suerte de profeta laico que anuncia nuevos tiempos para el hombre. O el hombre de los nuevos tiempos. Al leer el relato de Zaratustra sentimos enseguida, conmovidos por la fuerza expresionista con la que está contado, que nos encontramos ante algo así como un poema místico y que esa “visión del más solitario” viene a ser un trasunto de la revelación mística religiosa (del griego mystikós, "cerrado, arcano o misterioso”). Pero lo cierto es que pronto nos damos cuenta de que se trata de una visión de índole opuesta: la renuncia, la ascética que la mística religiosa exaltaba, el anhelo por la muerte como condición indispensable para el contacto permanente con el Amado es sustituida ahora por la afirmación radical de la vida. Por eso, frente al "tan alta vida espero que muero porque no muero" de Santa Teresa de Ávila, Zaratustra concluye, anhelando la risa del hombre nuevo: "¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora!".

En efecto, para entender qué es lo que verdaderamente Nietzsche está contándonos me parece una buena idea pensar que este texto está escrito en clave de lo que podríamos llamar antimística o, tal vez mejor, nueva mística, algo así como una mística laica. Aunque, por otra parte, tampoco es tan nueva, pues la sabiduría filosófica que Zaratustra predica y su relación con los misterios iniciáticos, despojados de implicaciones religiosas, fue una idea común en la Antigüedad y tenemos noticia de ella, al menos ya, en el pensamiento pitagórico (e incluso en buena parte del platónico, no del platonismo pasado por el tamiz cristiano que Nietzsche expresamente desecha). Lo cierto es que en un constante juego de semejanzas y oposiciones, y mediante una especie de reelaboración literaria de los escritos religiosos, Nietzsche intenta llevarnos a ideas esencialmente opuestas. En toda la narración encontramos palabras literales de la Biblia. Escuchamos también resonancias de creencias antiguas en la eternidad, la muerte y la resurrección. El mismo Zaratustra (o Zoroastro) es ya una reencarnación poética del profeta histórico. Pero también viene a identificarse con San Juan Bautista, el que predica en el desierto anunciando la llegada del Mesías. Además, del mismo modo que Cristo antes de difundir su palabra entre los hombres debe ayunar en la montaña donde es sometido a tentaciones demoníacas, ahora Zaratustra tiene que superar las tentaciones que lo arrastran hacia abajo, tentaciones simbolizadas por las palabras del enano-topo que lleva sobre sus hombros, el espíritu de la pesadez, el pensamiento común. Finalmente nos percatamos de que ese nuevo hombre que Zaratustra contempla en su visión, “el que algún día tiene que venir aún”, aparece como un nuevo Mesías, trasunto del Cristo que vence a la serpiente.

Si os parece, podríamos adentramos en el texto desde esa perspectiva antimística: no sería difícil de este modo distinguir varios grados en el proceso mistérico que conduce a Zaratustra hasta la cúspide del conocimiento, a su visión abismal. Podemos pensar que el primer grado iniciático es el que comparte con los navegantes que le escuchan cuando por fin les relata su experiencia. Yo creo que en realidad estos navegantes vienen a ser los lectores del libro de Nietzsche, que de algún modo son tratados como iniciados porque saben verdaderamente de qué se está hablando. Estos iniciados, estos navegantes, me parece, deben de ser todos aquellos que tienen interés por los asuntos filosóficos y no quieren conformarse con la común opinión, con el pensamiento convencional al uso en cada época, sino que disfrutan paseando por territorios laberínticos, por parajes de lo diferente o incluso de lo desconocido, como seguramente hacéis muchos de los ahora que estáis leyendo estas líneas.

El segundo grado, que podríamos llamar ascético, sería el de la primera parte del trayecto, el de Zaratustra con el enano sobre sus hombros subiendo por la montaña, por la empinado senda del conocimiento. Este camino está descrito como un clásico sendero de iniciación, comúnmente recorrido por los profetas de todos los credos: igual que la senda ascética que conduce al encuentro y comunión con el dios en los poemas místicos, el camino ascendente de Zaratustra es pedregoso y difícil, es un camino de desapegos, duro y seco, por terrenos donde reina el crepúsculo, sumidos en difusas luminosidades, entre aquí y allá, un camino que le va llevando penosamente hacia un territorio cada vez más esquilmado y solitario.

Comprendemos que Nietzsche está hablando metafóricamente de la trabajosa tarea de profundizar en el conocimiento del mundo, a la vez que va abandonando el común saber, al mismo tiempo que va desapegándose de todo lo que había aprendido hasta entonces. Edvard Munch, The Scream, 1893; Tempera and pastel on board; 91 x 73.5 cm, National Gallery, OsloZaratustra es osado y en su peregrinar en búsqueda del conocimiento no sólo ha prescindido del saber religioso, sino que también ha arrojado por la borda las ideas de los filósofos que le han precedido: “más de un sol se había hundido en su ocaso para mí”, dice. El profeta de la nueva era ha dejado de creer en mundos extraterrenales, en estrellas celestiales, en metafísicas: “¡Tú destructor de estrellas!”, le dice el enano. Nietzsche describe en otro lugar la historia de la metafísica como la historia de un error y da el nombre genérico deDios a todo ese mundo suprasensible que la acompaña. Para él ha sucumbido la metafísica idealista que concibe como existente el mundo del más allá, mientras que niega el carácter de auténtico ser a las cosas sensibles, en tanto que cambiantes. A esto se refiere Nietzsche cuando habla en otros textos de la muerte de Dios. Simbólicamente, en el ascenso por la montaña Zaratustra tiene que enfrentarse con todos los demonios, con todas las potencias negativas que le entorpecen, las que vienen de la mano de su compañero de viaje, su yo más terrenal, el que permanece aferrado a la lógica racional, ese enano-topo que lleva sobre sus hombros y que se ríe de su loca pretensión de divinidades, que le previene y le invita a detenerse, augurándole una colosal caída.

Pero la fuerza de la ensoñación es poderosa. La fiebre visionaria enardece el corazón del filósofo, tan solitario ya que tiene que prescindir de parte de sí mismo, del enano cojitranco que lo acompaña: para seguir ascendiendo por la escabrosa pendiente de la sabiduría necesita despojarse del peso del conocimiento con el que ha ido cargando hasta ahora, para con más distancia interrogarle. Podemos pensar que delante del portón llamado instante nos encontramos en el tercero de los grados iniciáticos que estamos imaginando, el grado que podríamos llamar filosófico, el del diálogo y el razonamiento. A tambor batiente se precipita Zaratustra en el conocimiento autónomo, el resultado de su propia visión del ser y del mundo, con el mayor ruido posible, para que el enemigo huya, para que el escenario tiemble con tanto estruendo que se aparte todo lo que le cerraba el paso. Un paso hacia el abismo del conocimiento, un paso hacia una nueva dimensión del hombre, más allá del dolor y del sufrimiento, incluso más allá de la vida. Y de la muerte. Palabras bíblicas: “Quien tenga oídos, oiga”.

En esta tercera etapa Zaratustra toma la palabra y habla con el enano: “¡Tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ese - no podrías soportarlo!”, le dice. Delante de ese punto en el que el pasado y el futuro se oponen, al borde del precipicio del tiempo, empieza su razonamiento, empieza a hablarnos de su pensamiento abismal, de sus ideas sobre el eterno retorno. Comienza preguntando: “¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?”. Está planteando la cuestión del tiempo, la cuestión sobre si los caminos temporales de lo que ya no es y de lo que habrá de ser, el pasado y el futuro, se oponen para siempre en ese punto, en ese portón-instante, cual dos infinitudes rectilíneas que se abrieran y se alejaran más y más, o si esos caminos no se alejan infinitamente, sino que habrán de reencontrarse de nuevo, con lo que no serían dos los caminos sino uno solo, circular. Vemos que la pregunta viene a resumir dos consideraciones tradicionales sobre el tiempo en la Historia de la Filosofía: el tiempo es una infinitud rectilínea o el tiempo es circular.

En la respuesta que con displicencia da el enano, “Todas las cosas derechas mienten, …. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo”, podemos escuchar ideas que encontramos en el Antiguo Egipto, en el pitagorismo, en Platón y en buena parte del pensamiento oriental, usualmente asociadas a creencias en la trasmigración de las almas. Esta explicación del enano pretende ser más sabia que la más frecuente en el pensamiento occidental, la que concibe el tiempo como una secuencia lineal de acontecimientos, como algo infinito, quizá con un origen, pero sin un fin, donde los eventos, la vida del hombre incluida, empiezan y se acaban -es decir, no son propiamente-, y donde a este devenir en el tiempo de las cosas sensibles se contrapone una noción suprasensible de eternidad, de Verdad, de Dios. Las palabras del enano, sin embargo, reflejan la concepción del tiempo como algo cíclico, en un universo imaginado como una maquinaria perfecta de constitución esférica, donde los acontecimientos estarían regulados por un movimiento eterno, sin principio ni fin, e implica que todos los sucesos habrán de repetirse exactamente del mismo modo y en la misma secuencia, al cabo de un número finito de años. Y así eternamente.

Pero, ¿por qué Zaratustra no se conforma con la explicación proporcionada por el enano sobre el eterno retorno?, ¿por qué se indigna tanto?

Voy a intentar explicar que es lo que, a mi entender, Nietzsche quiere contarnos en este tercer momento, cuando propiamente comienza a hablar de su “pensamiento abismal”. Empecemos comprendiendo cómo para él el instante es una suerte de punto en el tiempo; pero no es un punto estático, sino que en cada punto temporal los acontecimientos mismos que lo configuran están fluyendo. El instante consiste en realidad en un particular devenir de acontecimientos. Y ese devenir ahora adquiere categoría de ser.

Tal vez la clave para comprender las ideas de Nietzsche sobre el eterno retorno pudiera residir en la pregunta que se hace un poco más adelante Zaratustra: “¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras si todas las cosas venideras? ¿Por tanto - - - incluso a sí mismo?”. Y en la continuación: “Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia delante - tiene que volver a correr una vez más! -”. La eternidad de lo que ha pasado y la eternidad de lo que habrá de suceder convergen en ese portón, en ese instante mismo en el que Zaratustra y el enano están conversando.Salvador Dalí, La persistencia de la memoria, 1931;  24 x 33 cm; oil in canvas; Museum of Modern Art, New York CityPero también convergen en el instante que le precede y en el que le sigue, en todos los demás instantes. No se trata de dos eternidades diferentes, sino de la misma, una suerte delugar donde ocurren todas las cosas que pueden ocurrir. El instante, o lo que es lo mismo, el devenir de los acontecimientos que lo configuran, existe, tiene entidad, queda particularizado y diferenciado de los otros instantes. Pero existe encadenado con lazos indisolubles con cada uno de los instantes futuros y con todos los instantes pasados: en cada uno de los acontecimientos que configuran un instante está implícito también el resto de los acontecimientos del mundo, el resto de las cosas pasadas y venideras, pues todo cuanto en él se produce es consecuencia de la combinación de todos los acontecimientos precedentes, del mismo modo que la conjunción exacta de los acontecimientos que ocurren en cada instante desencadenará el conjunto de los acontecimientos venideros. Por eso cada instante encierra dentro de sí todo el pasado y todo el futuro. Por eso el instante es eterno, debe de haber existido ya y para siempre: lo que es posible, lo que tiene posibilidad de ser, tiene que ser siempre, continuamente, debe de haber ocurrido ya y ocurrirá, será, eternamente.

Ahora el ser es precisamente devenir constante, movimiento. Con esto se produce una revolución total en la ontología: si hasta entonces el ser venía a identificarse con lo que no cambia y el devenir de las cosas era visto del lado del no ser, ahora el ser no es concebido como algo inmóvil más allá de las cosas, sino que está definido por el movimiento mismo, por el propio devenir. Por eso Nietzsche no habla de que las cosas son, sino de que las cosas corren por esas calles que duran una eternidad, por el tiempo. El instante delimitado entre dos infinitudes que se contraponen me recuerda de algún modo la concepción griega del ser como límite en lo indefinido, como un eidos que lo individualiza y lo distingue del continuo infinito. Pero lo novedoso es que ahora ese límite está entendido como movimiento (aunque, como quizá intente explicar en otra ocasión, esta idea ya podría estar tambien presente en el pensamiento pitagórico, en su concepción musical del universo según el modelo de la cuerda vibrante). Pero tal vez lo más interesante, en mi opinión, de esta inversión ontológica, de la adjudicación de la categoría de ser al puro devenir, de eternidad a lo pasajero, es que dota de inmortalidad a lo aparentemente perecedero, y con ello va a dar al traste con la concepción del hombre como un ser en tránsito, sometido a leyes incognoscibles del más allá, sometido a un mundo suprasensible que sólo puede vislumbrar por la creencia. Y al cambiar la posición del hombre en el mundo, también cambiarán los imperativos morales y vitales por los que se habrá de regir.

Por eso Zaratustra se indigna con el enano, con la concepción tópica sobre el eterno retorno con la que le ha respondido. No es que los acontecimientos que se producen en cada momento retornen exactamente iguales al cabo de un número grande de años como consecuencia de que el tiempo es un círculo, diría, sino que el instante existe siempre, siempre es el mismo en una eterna dimensión temporal. En tanto que cada instante es eterno, si todo lo que puede existir ha existido ya, se puede hablar de un retorno, pero sólo de un modo impropio, visto desde la lógica temporal humana, que únicamente puede imaginar lo que acontece en sucesión. Lo que no ha desaparecido no puede retornar, sino que ya está, en otro lugar. El retorno del que habla Nietzsche no es eterno porque se repita incesantemente, es eterno porque siempre es el mismo. Si cada instante existe eternamente, si cada instante es verdaderamente, la sucesión lineal de acontecimientos, el tiempo tal y como normalmente lo concebimos, quedará relegada a una apariencia de realidad, como un punto de vista reducido, propio de la limitada condición humana. Percibimos que cambia el tiempo porque cambian los acontecimientos que ocurren en el tiempo. Quizás la Fisica actual no esté tan lejos de mostrarnos las consecuencias que se derivan de que el tiempo sólo sea un lugar más. Tal vez Nietzsche fuera capaz de intuir algo de todo esto: el Tiempo, el tiempo de verdad, vendría a ser una dimensión más, como las dimensiones acostumbradas del espacio.

Al final, el último grado, la visión mística, la revelación. Podríamos llamar a este grado el de la suprarracionalidad, más allá de la razón, más allá de la filosofía, el grado de la sabiduría visionaria al que sólo llegarían unos pocos. Quizá se trata de un saber más propio del Arte, un saber tan intrincado que la lógica lineal de las palabras no alcanza para abordarlo. Quizá sea un saber propiamente, puramente, espiritual. Por eso el visionario, mitad poeta entusiasmado, mitad loco enajenado, está completamente solo, sin interlocutor alguno. En la cúspide de la montaña, delante del abismo de eternidades, el enano que acompaña a Zaratustra tiene que desaparecer. Solo, aterradoramente abandonado por su pensamiento racional, llega a su visión, que es a la vez una previsión, nos dice, una anticipación del futuro.

Pero, vayamos por partes: ¿quiénes son los personajes que aparecen en la Revelación del Tiempo, en la visión del Instante Eterno?, ¿quién es ese hombre que yace por tierra, ese pastor que se retuerce lleno de espanto? ¿Y la serpiente? Este es el interrogante que lanza Zaratustra a sus compañeros navegantes; esa es la pregunta que Nietzsche deja abierta a sus lectores.

Lo que con más fuerza arrastra nuestra imaginación cuando leemos la descripción que hace Zaratustra de su visión es esa feroz imagen del pastor agonizante que se atreve finalmente a morder la cabeza de la serpiente, acuciado por las palabras del profeta. El lenguaje simbólico permite expresar la dimensión del sentimiento, el desgarro interior del que ha visto, del que ha conocido. A mi entender, Nietzsche está desarrollando en esta última etapa del metafórico viaje de Zaratustra por la montaña las ideas que ha lanzado como preguntas arrojadizas en el momento anterior, cuando aún estaba conversando filosóficamente con el enano. Ahora describe la violenta escena de la transfiguración del hombre, de moribundo a eterno. Es él mismo, Zaratustra, pero ya resucitado. En realidad ese pastor que se transmuta y ríe porque es capaz de sobreponerse al miedo es un paradigma de todos nosotros. El poder que adquiere en el momento en el que arranca de un mordisco la cabeza de la serpiente que lo atenazaba vendría a simbolizar, a mi juicio, la fuerza del que ve de repente, del que comprende que nada perece, que todas las cosas, mejor dicho, todos los acontecimientos que ocurren y que constituyen las cosas, son eternos, que no hay paraísos ni infiernos de futuro, en definitiva, cuando ve ese instante perenne, constantemente retornado.

Pero aventurémonos un poco más. La serpiente, o el dragón, es un símbolo arquetípico que aparece en muchas culturas. Nos habla del mundo de las profundidades abismales, del oscuro inconsciente colectivo que diría Jung y que inspira tantos relatos de Lovecraft. Se suele denominar cerebro reptiliano a la parte más profunda de nuestro yo, relacionada con los instintos más primitivos, con el deseo y la violencia; pero también con la fuerza por la vida y la supervivencia. En efecto, podemos toparnos con el reptil totémico por todas partes a lo largo de la Historia. En las religiones orientales hallamos frecuentemente a la serpiente vinculada con la sabiduría y tratada como animal benéfico. En la antigua Grecia la encontramos asociada con la capacidad para la adivinación y la profecía: recordemos a Pitón, la serpiente que vivía en Delfos (nombre éste también de otra serpiente-dragón primigenia) antes de que Apolo le diera muerte para robarle su sabiduría, y a Pitonisa, la sacerdotisa de los oráculos. El ouroboros (o uróboros), la serpiente (o serpiente alada) que se muerde la cola en forma de círculo, es, por otra parte, un símbolo constante en la iconografía filosófico-religiosa. Podemos encontrarla desde el Antiguo Egipto y la Antigua Grecia hasta nuestros días, donde sigue siendo un símbolo alquímico común a muchas corrientes esotéricas. Simboliza la infinitud, la unidad de todas las cosas y la idea del eterno renacer, del eterno retorno. No es extraño, pues, que en la tradición cristiana la serpiente sea a la vez un símbolo de sabiduría (del conocimiento científico) y del demonio tentador, del lado oscuro, al que Cristo, el Mesías, vence y se impone en su mensaje de salvación para los mortales: el pecado original al que la serpiente invita es precisamente el conocimiento, la manzana del árbol de la ciencia del bien y del mal.

En efecto, en la visión de Zaratustra encontramos la Biblia, pero completamente dislocada. Podemos apreciar enseguida una transposición invertida del pasaje bíblico sobre el pecado original. Allí Eva, alentada por la serpiente, anima a Adán, el primer hombre, a morder la manzana del árbol de la ciencia. Pero esa decisión tendrá tales consecuencias que acabará para siempre con la condición de esos primeros simbólicos pobladores de la Tierra: una vez que Adán muerde la manzana, surge verdaderamente el género humano. La raza de los hombres que entonces nace se verá para siempre infectada con el virus del conocimiento, con el deseo de saber, por lo que pierde su inocencia, pierde su paraíso de ignorancia, y empieza su padecimiento trágico, su afán por preguntarse por la trascendencia, por la vida y por la muerte. El hombre estará para siempre marcado por ese pecado original.

En la narración de Netzsche, en cambio, es todo al revés: el pastor moribundo por la mordedura de esa serpiente envenenadora, el último hombre, es animado por el filósofo (encarnación del conocimiento humano, al fin y al cabo, la manzana) a arrancar valientemente de un mordisco la cabeza de esa serpiente que lo atenazaba. Cuando lo hace adquiere tal sabiduría que se transfigura, que desaparece definitivamente el hombre, aquél que fuera arrojado del paraíso, para nacer un nuevo ser, una nueva genarción de habitantes de la Tierra que ya no son hombres, que están más allá del hombre, más allá de la sucesión de la vida y de la muerte. Este hombre nuevo ya no necesitará una moral externa que, por temor al pecado y al castigo eterno, le obligue a actuar de manera justa y a alejarse del mal, sino que actuará siempre de la manera correcta por sí mismo, porque sabrá distinguir con claridad el bien del mal, porque al conocer que cada instante es eterno querrá vivirlo para siempre de la manera adecuada.

Así pues, podríamos pensar que el joven pastor que yace tendido en la tierra bien podría ser simbólicamente el último hombre, agonizante a causa de la negra serpiente que le penetra por la boca, de las fuerzas castradoras que lo someten, e incluso por la sabiduría tradicional que ha ido adquiriendo, pero que le impiden dar un paso más allá. En definitiva, por las fuerzas de su yo primitivo que lo atenazan, imposibilitándole elevarse a una condición moral superior. Aquel hombre que, limitado por su linealidad temporal, concebía la vida como una prisión, agoniza en una muerte terrible, nauseabunda, mientras el perro grita aterrorizado porque ya ningún sol ilumina, sólo la pálida luz de la luna. Es el hombre sometido, al que no le quedaba más remedio que purificarse, que vivir una vida de postración en la confianza de una eternidad salvadora, más allá, en un mundo ideal intangible. Pero también es el hombre contemporáneo, que muere, que se debate en una vida sin esperanza, pues se ha quedado sólo, sin ninguna estrella capaz de iluminar su vida. Ya ningún sol alumbra. Ya ha perdido a Dios. La ciencia de finales del diecinueve, la evolución de la tecnología, el pensamiento materialista, han acabado con Dios (en el sentido amplio que esta palabra tiene para Nietzsche y que antes he explicado), con la idea de Dios, y los hombres desde entonces, huérfanos de divinidades, sucumben agonizantes en un sentimiento nihilista. El sol ha decaído; el ocaso del astro iluminador de verdades, metáfora de Dios y de la Metafísica clásica, ha dejado en la soledad al eremita, ha dejado al hombre solo en la noche oscura. El enano ha desaparecido, sólo queda Zaratustra. Únicamente la sombría luz de la luna llena ilumina al último hombre, a ese pastor que lucha contra las fuerzas tenebrosas del inconsciente.

El pastor moribundo que renace transfigurado tras arrojar lejos de sí la cabeza de la serpiente viene a ser un nuevo Cristo, un nuevo Osiris o un Orfeo capaz de regresar desde la muerte: gracias al poder que adquiere cuando decide actuar, cuando por medio de su voluntad vence al miedo y se atreve a morder la cabeza de esa serpiente devastadora surge el hombre nuevo, lo que en otros momentos Nietzsche llama el Superhombre (o Suprahombre, Übermensch). Esta voluntad de actuar, de sobreponerse, de no doblegarse, es verdaderamente la que va a dar origen al ese nuevo Mesías que Zaratustra descubre en su visión de futuro. Mediante el poder que arranca de su voluntad, ese Hombre, cual nuevo Cristo que vence a la serpiente, se hace sobrehumano. En definitiva, la voluntad de poder hará surgir ese dios que habita en cada uno de nosotros.

Pero, ¿qué es en esencia esa enigmática visión abismal, tan poderosa que transfigura al que la ha experimentado de tal modo que a partir de entonces pertenecerá a la especie de los dioses? Es la visión del eterno retorno. En la más profunda y solitaria introspección Zaratustra de repente ve a la vez, ve lo mismo, ve el tiempo en toda su dimensión: ve el presente, el pasado y el futuro. Y en ese futuro ve al nuevo hombre, él mismo, transfigurado. Ve ese instante que retorna eternamente porque no se ha ido, porque no ha desaparecido. Existe, está, unido no sólo a los instantes que le preceden y que le siguen, sino, lo mejor, unido transversalmente a otros instantes pasados y futuros, a otros momentos de su vida.Tiziano, Alegoría del Tiempo gobernado por la Prudencia, 1565 h, óleo sobre lienzo, 75,6 x 68,6 cm., National Gallery, Londres La luz de la luna en el silencio de la noche, el perro aullando de terror a la luna y él mismo con su propio sentimiento de lástima por el perro que ladra, aparecen en los tres momentos, que viene a ser el mimomomento que retorna: en el presente, cuando cuchicheaba con el enano sobre eternidades y oye el aullido lastimoso de un perro; en el pasado, cuando de niño ve al perro con el pelo erizado aullando de miedo a la luna llena que se detiene sobre el tejado de la casa; y en el futuro, cuando en “el más desierto claro de luna” ve al perro gritando de terror, con el pelo erizado, ante el hombre que yace mordido en su garganta por una negra serpiente. Los tres momentos son a la vez el mismo momento y el relato de cada uno de ellos se complementa para componer unrelato de la escena completa.

Para comprender algo de todo esto podríamos pensar que igual que en el espacio no vemos sólo lo que tenemos justo delante de nuestros ojos, sino que podemos, hasta cierto punto, ver algo de lo que está a la izquierda de nuestra mirada frontal y algo de lo que está a la derecha, algo de lo que está más arriba y algo de lo que está debajo, pues tenemos capacidad para girar nuestros ojos y nuestra cabeza en las tres dimensiones espaciales, en esa visión temporal de Zaratustra estaría ocurriendo algo parecido, pero con el tiempo. Zaratustra está viendo el tiempo, está contemplando ese momento con una perspectiva diferente, podríamos decir, en toda su dimensionalidad temporal. Está viendo con los ojos de los dioses. Por eso se transfigura. Es como si descubriera que los acontecimientos de cada instante tuvieran también una lógica transversal que anudara el presente con el pasado y con el futuro, no sólo una lógica lineal de un antes y un después. Nietzsche creerá que el hombre del futuro, ese que surge en la visión transfigurado, tendría la capacidad de ver el devenir de los acontecimientos de otra manera a la que estamos acostumbrados, como un todo a la vez, con la mirada del dios. Ahora el futuro dejará de ser un lugar para los miedos e incertidumbres, y ese nuevo hombre ya participará de la naturaleza de lo divino, de lo que siempre hemos atribuido a los dioses, de la eternidad.

El mensaje de Nietzsche es un mensaje de esperanza y de libertad, es un mensaje que da al traste con el pesimismo nihilista de sus contemporáneos. El Hombre de la nueva era, que “lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente: - y se puso de pie de un salto”, se impondrá a todos los demonios, a todos los miedos y prohibiciones, simbolizados en esa negra serpiente, a todo lo que le hacen débil y sometido, para transfigurarse, para reír, como un ser libre y eterno. A partir de ahora ya tenemos esperanza, ya podemos soportar vivir e incluso morir. Dios ha muerto, vendría a decir Nietzsche, pero aparecerá el hombre nuevo, inmanente, no sometido, libre y divino. Por eso el anhelo místico del visionario: “- y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca. Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, como soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora!”. Y por eso la narración entera concluye con un canto a la vida: el nuevo hombre, el suprahombre que ve Zaratustra y que habrá de llegar, asumirá valientemente el devenir de la existencia, pues, al saber que cada instante volverá, que cada instante es eternamente, también conocerá que la vida habrá de ser vivida conscientemente, como si cada uno de sus momentos fuera para siempre. El nuevo hombre habrá de ser capaz de poder decir la frase con la que Nietzsche cierra el primer apartado de este texto: “¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!”.

Esa búsqueda de acuerdo, de plena aceptación, de plena satisfacción y asentimiento con esta vida de aquí, y que se resume en en esta frase podría servirnos como conclusión también ahora. Aunque en lo que a mí concierne no he visto ni de lejos ese hombre que Zaratustra preconiza, reconozco que me atrae la poesía de su existencia y no me parece mala idea intentar vivir como si así fuera, como si cada uno de los instantes de nuestra vida durara para siempre, con lo que tal vez pudiéramos llegar a descubrir que ese nuevo hombre habitaba ya en cada uno de nosotros.

Thursday, October 10, 2013

LA LEY DE LA ATRACCION



La ley de la atracción es la creencia de que los pensamientos (conscientes o inconscientes) influyen sobre las vidas de las personas, argumentando que son unidades energéticas que devolverán a la persona una onda similar.  La frase "ley de la atracción" ha sido utilizada por algunos escritores, aunque el sentido con el que se usa actualmente es diferente del original. La mayoría de los autores asocian a la ley de la atracción con la frase "te conviertes en lo que piensas", usualmente aplicado al estado mental del ser humano: Según los partidarios de dicha ley, esto significa que los pensamientos que una persona posee (sean estos conscientes o inconscientes), se supone provocan las emociones, las creencias y consecuencias, es decir, los pensamientos son la causa y los sentimientos los efectos. 

A este proceso se lo describe como "vibraciones armoniosas de la ley de la atracción", o "tú obtienes las cosas que piensas; tus pensamientos determinan tu experiencia".  Esta frase está relacionada con las creencias y prácticas de la nueva era, de la cual surge su definición más usual, pero también tiene un desarrollo en otros campos esotéricos como lo son el hermetismo y la teosofía.  La Ley de Atracción ha sido popularizada en los últimos años por el libro y la película homónima El secreto (2006) pese a la cantidad de críticas recibidas en parte por su nula base científica o por el lucro que las obras han aportado a sus autores.

Historia
Algunos autores identifican antecedentes históricos de la "ley de atracción" en el hinduismo y a través del hinduismo en la teosofía, pero también se han encontrado referencias en el judaísmo y en el zohar (la cábala). La existencia de estos antecedentes, no implica que todos ellos estén históricamente conectados, ya que la ley de atracción podría surgir como resultado de prejuicios cognitivos comunes a todos los seres humanos.  Las elaboraciones modernas de dicha idea deben su existencia, en parte, a James Allen (1864 - 1912) que en 1902 publicó As a man thinketh (‘piensa como hombre’). Posteriormente Wallace Delois Wattles (1860 – 1911) publicó La ciencia de hacerse rico (1910) y por Charles F. Haanel publicó The Master Key System (‘el sistema de la llave maestra') (1912). 

Durante el siglo XX varios autores han hecho referencia a estas obras y las ideas contenidas en ellas.  Esta ley enuncia, que por intermedio del pensamiento es posible atraer lo deseado, por este motivo se asocia a Ley de la atracción con la ley de mentalismo, uno de los 7 principios o leyes espirituales de Hermes Trismegisto, enunciadas en el Kybalión, libro escrito por Los Tres Iniciados. La ley de mentalismo dice que todo en el universo, es una creación mental y que el hombre, por intermedio de su pensamiento crea su propia realidad.

Principios
Los seguidores que aceptan la ley de atracción como una guía, lo hacen desde la fe en que las leyes del Universo son benignas. Algunos seguidores de esta creencia afirman que la ley de atracción es una "ley del Universo", dado que aplica a todos los seres sin excepción, el 100% del tiempo y no es algo que una persona pueda elegir si aplica o no. Comúnmente se utiliza el ejemplo de su similitud con la gravedad en este aspecto, dado a que uno no puede decidir "no aplicar" o "no creer" en la gravedad en su vida. Cabe notar que el término "ley" no es el mismo utilizado por la comunidad científica (véase Ley científica).

Algunos de los proponentes de una versión moderna de la "ley de la atracción" adjudican sus raíces a la física cuántica. Según ellos, los pensamientos tienen una energía la cual genera energía similar. Para poder controlar dicha energía, sus proponentes afirman, que deben seguirse cuatro pasos: 1- Saber qué es lo que uno quiere y pedirlo al universo (siendo "el universo" cualquier cosa que el individuo acepte como Dios).  2-Enfocar los pensamientos de uno mismo sobre el objeto deseado con sentimientos como entusiasmo o gratitud.  3-Sentir o comportarse como si el objeto deseado ya hubiera sido obtenido.  4-Estar abierto a recibirlo.

El pensar en lo que uno no tiene, según dicen, se manifiesta en perpetualidad de no tener, mientras que si uno se adhiere a estos principios, y uno evita pensamientos "negativos" el Universo hará manifiestos los deseos de la persona.  El teósofo tibetano Djwhal Khul la define como la ley básica de la manifestación y la ley suprema de este sistema solar. Considera que es la ley que equilibra los dos polos, siendo la Ley de la economía la que rige el polo negativo y la Ley de síntesis la del polo positivo. Desde el punto de vista del ser humano, trae la comprensión que da la autoconciencia.

En el nuevo testamento de la biblia se hace referencia a esta ley en Marcos 11:20-24 y Mateo 21:19-22, el texto dice: "Por la mañana, al pasar junto a la higuera, vieron que se había secado de raíz. Pedro, acordándose, le dijo a Jesús: ¡Rabí, mira, se ha secado la higuera que maldijiste! Tengan fe en Dios "respondió Jesús". Les aseguro que si alguno le dice a este monte: "Quítate de ahí y tírate al mar" , creyendo, sin abrigar la menor duda de que lo que dice sucederá, lo obtendrá. Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán."



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Friday, April 5, 2013

EL REALISMO, NIETZSCHEANISMO Y LENINISMO DE HUGO CHAVEZ


texto de Chris Gilbert*** (profesor de Estudios Políticos en la Universidad Bolivariana de Venezuela)

Este artículo, traducido del inglés por V.C.C.

publicado en marzo de 2013 en MRZine - tomado de Boltxe Kolektiboa en abril de 2013

En los muchos homenajes a Hugo Chávez de las últimas semanas, hay un elemento importante que sufre un casi total abandono. Por falta de un término mejor podríamos llamarlo “leninismo”. Con esto, por supuesto, no me refiero a la doctrina cansada, formulista (y básicamente anti-leninista) que por lo general lleva ese nombre. Es precisamente la hegemonía de la doctrina subrogada, además de la dificultad de la real, lo que impulsa el abandono y también está detrás de los intentos (en su mayoría conscientes) para separar a Chávez de lo que pasa por leninismo.

Piense en ello: ¡”La revolución contra ‘El Capital’”! Así es como Gramsci entendió la obra de Lenin; esa era su manera taquigráfica de indicar cómo Lenin y compañía se quitaron el consenso evolucionista, progresista de su momento, que incluía la Segunda Internacional (de ahí la referencia a ‘El Capital’) y la intelligentsia burguesa [1]. Esta fue la doctrina del “fin de la historia” de la época. Avanzando un siglo, tal vez podamos decir que la cosa más importante que Chávez y el pueblo venezolano hicieron a partir de la década del 90 fue deshacerse –de una manera revolucionaria, leninista si se quiere– del consenso del “fin de la historia” de nuestro momento, que había infectado tanto a la izquierda como a la derecha.

Los paralelos con Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio también son evidentes. Entre mediados y finales de los 50 la mayoría de los incendios revolucionarios parecían estar extinguidos en la región del Caribe. Con Jacobo Árbenz derrocado y la guerrilla liberal en Colombia muy acorralada, los funcionarios estadounidenses se sentían seguros de que tenían el control de la región, su “patio trasero”, situación a la que se añadía mucha confusión y derrotismo en las filas de la izquierda. Luego, pareciendo surgir de la nada, el rápido avance del Movimiento 26 de Julio –que culminó con el derrocamiento de Batista y la toma de La Habana en 1959– dio un mentís a la confianza del imperialismo, mas también desmintió la versión soviética del fin de la historia: la tendencia hacia la coexistencia pacífica con los EE.UU.

Desafiando no sólo a Fukuyama, sino también las enseñanzas zapatistas en el ambiente en ese momento, Chávez –al igual que Lenin y Fidel– encabezó un movimiento que tomó el poder del Estado, y como ellos tuvo que cargar con un millón de problemas por haberlo hecho. Georg Lukács, en el mejor homenaje a Lenin que yo conozco, se refiere al comentario de éste sobre la frase de Napoleón “On s’engage et puis… on voit”: los bolcheviques libraron una batalla seria en octubre de 1917, y luego hicieron compromisos en “detalles tales como la paz de Brest o la Nueva Política Económica”[2]. Con esta referencia, Lukács quiere identificar y caracterizar los cientos de pactos, compromisos y concesiones que Lenin se vio obligado a realizar debido a la toma del poder bolchevique, es decir , precisamente por haber hecho la revolución en lo que nunca pueden ser circunstancias perfectas. Esta especie de pacto se diferencia de los pactos oportunistas que se hacen con el objetivo –aunque supuestamente en nombre de la pureza o la prudencia– de no hacer la revolución.

Tanto antes como después de la toma del poder, Hugo Chávez hizo muchos, muchos pactos y acuerdos con figuras como Lukashenko, Ahmadinejad, Santos, Miquilena, y (lo que comúnmente se cree), incluso Gustavo Cisneros. La lista continúa e incluye a los poderes y a las personas más variadas. Puesto que la gama va desde el anti-imperialista consecuente Mahmoud Ahmadinejad al empresario neoliberal Gustavo Cisneros y al socialdemócrata manso Luis Miquilena, la pregunta inevitable surge en torno a la táctica y la estrategia. ¿Cuál es la línea estratégica que se ejecuta a través de esta gama más variada de alianzas? Una pregunta similar se presenta acerca de los muchos proyectos que han nacido y desaparecido como flores nocturnas: los cinco motores, las tres R, Batallones del PSUV, Aló Presidente Teórico… y la lista sigue.

Gran parte de esto parecería ser un mero vaivén, y no puede haber ninguna duda de que en su trayectoria sorprendente, Chávez cometió errores graves –errores que un día podrían resultar ser fatales para el proceso en Venezuela, ya que desafortunadamente no hay ningún proceso revolucionario irreversible. Tal vez la mejor explicación de esta compleja trayectoria aparece cuando nos fijamos en el proceso de formación política de Chávez. Como joven oficial del ejército, Chávez tenía vínculos con el Partido Revolucionario de Venezuela (en el que su hermano militaba) y otros movimientos de izquierda. En la cárcel después de 1992, e incluso antes, Chávez leyó muchos textos marxistas, incluidos los más difíciles. Algunos de estos libros vinieron de una colección que compró a un ex maestro de escuela suyo, un comunista.

Luego, al salir de la cárcel, Chávez entró en la vida política y, en cierta medida puso su marxismo detrás de él. Para usar una metáfora espacial, podemos decir que comenzó explorando el territorio por sí mismo o incluso a tientas en la oscuridad. No debemos olvidar que en 1998 seguía hablando de la Tercera Vía de Anthony Giddens, el ahora olvidado intelectual del momento(!). Lo más importante es que a medida que los años pasaron y en respuesta a los ataques del imperialismo y algunas derrotas, Chávez se fue reconectando con el marxismo a través de su práctica y a través de las actividades del movimiento de masas.

Uno de estos momentos es cuando, ante la pluralidad de movimientos en el Foro Social Mundial de 2005 en Porto Alegre, Chávez reflexionó sobre lo que podría unificarlos a todos en su diversidad y declaró que era el “socialismo”. Otro es cuando, después de tratar de construir el socialismo desde arriba con la reforma constitucional de 2007, dio un paso atrás y se puso a pensar en construirlo al nivel de la calle, en el trabajo con las comunas, recuperando la idea marxista de la auto-emancipación de la clase obrera.

Volviendo a Lenin, podemos observar que él también dio pasos hacia atrás y tuvo su momento de poner el marxismo (o más bien el “marxismo”) detrás de él. El texto Repetir Lenin de Slavoj Zizek representa excelentemente la crisis en la que Lenin entró justo antes y durante la Primera Guerra Mundial, una catástrofe que efectivamente incluía la desaparición de su movimiento [3]. Lenin entonces reencontró o releyó el marxismo a través del estudio de Hegel y del proceso revolucionario que se abrió en Rusia en febrero de 1917, que lo tomó por sorpresa. Este nuevo Lenin es el Lenin en su momento más ágil, más “dialéctico”; ahora vienen hechos como los de la estación de Finlandia, así como textos como El Estado y la revolución y las Tesis de abril que siguen asombrando.

Hacia la mitad de su vida, cuando C.L.R. James hacía frente a la domesticación de la izquierda en la posguerra, trató de descubrir el secreto de este Lenin, el más auténtico Lenin. Con la ayuda de Raya Dunayevskaya, James se dirigió directamente al texto en ruso de los Cuadernos filosóficos de Lenin. Allí le conmovió profundamente una nota marginal de Lenin sobre la doctrina hegeliana del Ser: “¡Salto, salto, salto!” Lenin escribió en letras grandes al lado de los párrafos de Hegel, en un intento de resumir como nace lo nuevo [4]. Es esta capacidad de saltar, de superar el orden actual de las cosas –llámese el consenso neoliberal, el fin de la historia, economicismo, o incluso coexistencia pacífica– la que es el legado más importante de Lenin, y el que mejor caracteriza a Hugo Chávez.

El marxismo, como cualquier otra teoría, es susceptible a los procesos de fetichismo que dentro del capitalismo tienden a conducir a una visión cerrada de la historia. Su corriente principal suele pactar en silencio con el fatalismo que informa a la producción intelectual bajo el capitalismo. Esto se puede ver en la forma en que el teórico marxista posiblemente más brillante de la segunda mitad del siglo 20, Louis Althusser, tendía a permitir que sus descubrimientos sobre estructura y combinación en el capitalismo se deslizaran hacia la sumisión a estas mismas estructuras. El “Leninismo”, entonces, sería el nombre para ese momento de ruptura con el capital y con sus teorías, e incluso con las teorías críticas del capitalismo en la medida en que éstas hacen las paces con el fatalismo.

Este es el leninismo de Chávez. Se trata de un firme no a todo fatalismo, un compromiso de lucha e incluso una voluntad de salirle al paso a lo que aparentan ser situaciones sin salida, con el objetivo de avanzar hacia una sociedad más justa y mejor. El marxismo, por supuesto, no es una doctrina utópica de las que proponen que exista una sociedad perfecta y luego especula (en vano) sobre cómo llegar allá. Pero sí es utópico en el sentido de que muestra que una modernidad radicalmente diferente no sólo es posible sino en algún grado latente en el desarrollo de la actual, capitalista. No sólo eso: el marxismo afirma que los seres humanos no son criaturas de colmena, sino que pueden trabajar hacia la realización de esa modernidad alternativa.

En su impresionante discurso Golpe de timón de hace cinco meses, que constituye el último testamento político sustantivo de Chávez, se reconoce que habiendo hecho la revolución política, los cambios económicos pertinentes para la construcción del socialismo todavía no se han realizado. Luego añade: “Esto lo digo yo no para que nos sintamos acogotados, amilanados; todo lo contrario, es para coger más fuerzas ante la complejidad del desafío”. Creo que en estas palabras –y en realidad a través de todo el extraordinario discurso– se percibe una actitud muy similar a la resistencia tenaz de Lenin a conciliar con “lo que hay”. Podríamos decir que esta resistencia, en combinación con una disposición perenne a luchar inventivamente, es el mejor legado de Lenin y los leninistas como Chávez –si no fuera también una especie de anti-legado en la medida en que se niega a dejar que uno viva cómodamente o complacientemente con él.
Notas

***Este artículo le debe mucho a conversaciones con mi amigo Gabriel Gil, quien ha insistido en el leninismo de Chávez y me ha ayudado a entender varios elementos del desarrollo y la práctica de Chávez como revolucionario.

Notas:

[1] Antonio Gramsci, “La revolución contra ‘El Capital’” en Antonio Gramsci: Antología (Siglo XXI, 1970): 34-7.

[2] Georg Lukács, Lenin (La coherencia de su pensamiento) (1924).

[3] Slavoj Zizek, Repetir Lenin (Lacan.com, 1997).

[4] C.L.R. James, Notes on Dialectics (Allison & Busby, 1980).


Friday, January 4, 2013

AQUI VA UN PENSAMIENTO DEDICADO AL SUPERHOMBRE HUGO CHAVEZ, Y UNA CANCION DEL SUPERHOMBRE, Y UNAS PALABRAS DE MOTIVACION PARA QUE SIGA ADELANTE POR EL CAMINO DEL SOCIALISMO CRISTIANO MOTIVANDO Y DANDO ESPERANZA A TODOS LOS POBRES Y NECESITADOS DE TODA AMERICA LATINA Y DEL MUNDO


ADELANTE MI GRAN HERMANO DEL ALMA, MI COMANDANTE HUGO CHAVEZ POR EL CAMINO DE LA SABIDURIA 

Adelante mi hermano Hugo Chavez.- ¡Y así, adelante mi hermano Hugo Chavez, por el camino de la sabiduría, a buen paso, con plena confianza! Hugo Chavez, en cualquier situación en que estés, sírvete a ti mismo de fuente de experiencia. Arroja toda la amargura por encima de la borda de tu ser, perdónate a ti mismo, pues en todo caso tienes en ti una escala de mil peldaños, por los cuales puedes subir al conocimiento. El siglo en que padeces ser precipitado, te estima feliz con esa dicha; te pregona que tomas aún parte en experiencias que tal vez tengan que pasar los hombres de tiempos futuros.

No desdeñes haber sido también religioso; penétrate bien de cómo has tenido un legítimo acceso al arte. ¿Acaso, precisamente con la ayuda de estas experiencias, no puedes seguir con mejor conocimiento de causa inmensas etapas de la humanidad anterior? ¿No es precisamente sobre este terreno, que a veces desagrada tanto, sobre el terreno del pensamiento turbado, donde han brotado los frutos más hermosos de la vieja civilización?

Hay que haber amado la religión y el arte como se ama a una madre y a una nodriza; de lo contrario, no se puede llegar a ser sabio. Pero hay que dirigir las miradas más allá, saber erguirse por encima; si permanecemos en su soberanía feudal, no los comprendemos. Así mismo, es preciso estar familiarizado con los estudios históricos y con el juego prudente de la balanza: “de un lado, del otro”. Haz un viaje retrospectivo, siguiendo las huellas que la humanidad ha dejado en su larga marcha dolorosamente a través del desierto del pasado: así es como aprenderás de la manera más segura en qué dirección toda la humanidad futura no tiene ya posibilidad ni derecho a ir.

Y, sin embargo, cuando intentes con todas tus fuerzas descubrir por anticipado cuán apretado está aún el nudo del porvenir, tu propia vida adquirirá el valor de un instrumento y de un medio de conocimiento. Depende de ti que todos los rasgos de tu vida: tus ensayos, tus errores, tus faltas, tus ilusiones, tus sufrimientos, tu amor y tu esperanza entren sin excepción en tu designio. Este designio es llegara a ser tú mismo una cadena necesaria de anillos de la civilización y deducir de esta necesidad la necesidad en la marcha de la civilización universal. Cuando tu mirada haya adquirido bastante fuerza para ver el fondo en la fuente sombría de tu ser y de tus conocimientos, y quizá también te lleguen a ser visibles, en ese espejo, las constelaciones lejanas de las civilizaciones futuras.

¿Acaso crees que una vida semejante con un designio tal resulte demasiado penosa, demasiado desprovista de todo placer? Es que no has aprendido aún que no hay miel más dulce que la del conocimiento, y que las nubes de aflicción que se ciernen sobre ti te han de servir también de ubre, de la que has de extraer la leche para refrescarte. Deja que llegue la época; tan sólo entonces verás cómo has escuchado la voz de la naturaleza, de esa naturaleza que gobierna el universo por medio del placer: la misma vida que conduce a la vejez, conduce también a la sabiduría, gozo constante del espíritu en esta dulce voz del sol; ambas, vejez y sabiduría, llegan a ti por la misma vertiente de la vida: así lo ha querido la naturaleza.

Entonces es el momento, sin que haya lugar a indignarse, de que la bruma de la muerte se aproxime. Hacia la luz, tu último movimiento; un hurra de conocimiento, tu último grito !!


FRIEDRICH NIETZSCHE, Humano, demasiado humano. Edaf, 1984. Traducción: Carlos Vergara. [FD, 19/05/2009].


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HUGO CHAVEZ UN HOMBRE SUPERIOR HA CREADO LAS BASES PARA EL DESARROLLO DE HOMBRES EXCEPCIONALES EN AMERICA LATINA. EL MITO DEL SUPERHOMRE DEBE SER LA META DE TODOS LOS LATINO AMERICANOS



Nietzsche afirmaba que el socialismo crea la base para el desarrollo de hombres excepcionales.  El hombre superior no tendrá como objetivo dirigir a las masas, que son los nuevos bárbaros, sino que serán las masas las que deberán sentar las bases para que el hombre superior pueda dirigir su propia vida y hacer posible el surgimiento de más hombres superiores.  Nietzsche propone como meta el mito del superhombre porque entiende que el hombre debe ser superado. El hombre es como un puente entre el animal y el superhombre y en el medio hay un abismo en el que puede caer.

No significa que el superhombre surja por evolución sino como el propósito de su voluntad, o sea el sentido de la tierra.  El superhombre sólo será posible si los hombres excepcionales se atreven a transformar todos los antiguos valores y a crear nuevos, a partir de su propia vida como ser excepcional y con su poder fecundo.  Ese superhombre será como un César romano con el alma de Cristo o como Goethe y Napoleón en uno sólo, o como un dios epicúreo; profundamente culto, bello, poderoso pero tolerante, fuerte, libre e independiente, capaz de aceptar el Universo y la vida como es.  Zarathustra, el personaje de su famosa obra, es el profeta del superhombre y el maestro de la doctrina del eterno retorno, la más elevada forma de afirmación a la vida que haya existido jamás.

El eterno retorno no como una idea deprimente sino como prueba de aceptación a la vida.  En el eterno retorno que propone Nietzsche, tanto el hombre excepcional como el inferior volverán infinitas veces a su propio yo, a vivir la misma vida en forma idéntica en todos los aspectos, hasta en los más mínimos detalles.  Esta idea del eterno retorno la fundamenta con el principio de conservación de la energía.  Si se considera al mundo como un conjunto determinado de fuerza o energía, con un número determinado de centros de fuerza, el mundo tiene que ser el proceso de un número determinado de sucesivas combinaciones de centros en un tiempo finito, pero en un tiempo infinito se deberían dar las infinitas combinaciones posibles.

Todo lo existente se repite, pero siempre habrá combinaciones nuevas en un tiempo infinito.  La teoría del eterno retorno de Nietzsche le permite crear una imagen del ser en el flujo del devenir sin que trascienda al universo.  Nietzsche crea un nuevo concepto del más allá, con la posibilidad de vivir la vida nuevamente en forma idéntica para siempre.  La teoría del eterno retorno parece ser incompatible con el concepto de superhombre, porque lo elimina como objetivo final, en un proceso de repetición de vidas en forma infinita.  Las ideas de Nietzsche han servido para que se elaboren muchas interpretaciones, a cada uno, para llevar harina a su propio molino.  Esta multiplicidad de interpretaciones se debe a que sus obras más importantes fueron escritas como aforismos, que fuera de contexto favorecen las controversias.

Con todo, Nietzsche fue un filósofo profundo y profético que tuvo muchas ideas precursoras en el campo de la psicología, como su teoría sobre las motivaciones e ideales humanos y su concepto de sublimación.  La voluntad de poder de Nietzsche, como la clave de la psicología humana, la vemos en la teoría psicoanalítica de Alfred Adler; y a juzgar por los acontecimientos ocurridos en el siglo XX, como las guerras mundiales y la aparición de los nuevos bárbaros, no podemos negar que tuvo una clara visión profética.  Al rechazar la idea de un mundo creado por un Dios trascendente con un propósito, le brinda al hombre, como ser que crea valores y que le da sentido al mundo, la libertad de elegir su propósito en la vida.  La postura de Nietzsche no proporciona ninguna salida a la crisis del hombre moderno que ha perdido la fe, como tampoco le sirvió a él para su propia crisis existencial.